Agro Cultura Mexicana

"Del campo para la ciudad"

Ciudades biofílicas, ¿una utopía verde?

Especialmente en las ciudades, los habitantes nos esforzamos por vivir en un mundo cada vez más ordenado, aséptico, libre de gérmenes y alejados del salvajismo que representa la naturaleza. En general, tenemos la idea de que la naturaleza es peligrosa y, por lo tanto, la única forma de convivir con ella es “domándola”. Sin embargo, aun en las ciudades más grises, siempre existen elementos naturales a su alrededor que pueden o la hacen ser una ciudad más biofílica.

 Desde el inicio del sedentarismo, los seres humanos hemos modificado nuestro ambiente a modo que podamos cultivar nuestros alimentos y aislarnos de los peligros potenciales.

Sin embargo, la urgencia por mantener jardines con arbustos recortados para tener ciertas formas y flores exóticas cultivadas se hizo popular entre la realeza europea y fue considerada símbolo de abundancia de recursos, poderío y control. Estas ideas han permeado en nuestro pensamiento, sea cual sea nuestra orientación política, y han contribuido a nuestro temor por el exterior, propiciando una desconexión con la naturaleza.

Estudios realizados por la Asociación Americana de Pediatría demuestran la importancia que tiene para los niños jugar al aire libre y con los padres, para promover su salud física y mental, además de ser esencial para adquirir habilidades cognitivas, sociales y emocionales. La realización de estas actividades también es crucial en el reforzamiento del vínculo padre/madre-hijo.

Estas actividades físicas han sido sustituidas por un estilo de vida sedentario, en el que los juegos de video y la televisión han suplido nuestras experiencias en el exterior. Recientes estudios han informado que los niños y adolescentes entre 8 y 18 años en Estados Unidos pasan alrededor de 8 horas y media haciendo uso de algún tipo de tecnología, llegando a reportar a algunos individuos que pasan más de 16 horas al día haciéndolo. No es de sorprender que estos últimos sean más propensos a expresar sentimientos de soledad, infelicidad y aburrimiento. En México, los niños rebasan esta tendencia, siendo, a nivel internacional, los que ven más televisión y también los más obesos del mundo.

Los adultos que crecimos con menos tecnología a nuestro alcance padecemos del mismo déficit al encerrarnos en nuestras oficinas, ejercitándonos en gimnasios y paseando por centros comerciales (vayamos a comprar o no).

Estudios han ligado el contacto de la naturaleza con actitudes altruistas y de generosidad, lo que podría ser producto de la comprensión del sistema del que formamos parte, agregando a nuestra personalidad mayor sensibilidad y humanismo.

Estamos tan necesitados de naturaleza alrededor que hemos intentado sustituirla a como dé lugar. Para relajarnos, a falta de pájaros, descargamos apps que reproducen sonidos como el canto de las aves, caídas de agua o viento; a falta de vistas por la ventana, admiramos protectores de pantalla con paisajes lejanos.

Especialmente los habitantes de la Ciudad de México estamos acostumbrados a vivir 360 días entre paredes y salir los 5 días restantes a vacacionar, disfrutar y luego regresar al gris. Pero, ¿qué pasaría si pudiéramos convivir con la naturaleza en nuestros centros de trabajo o de camino a casa? ¿cómo cambiarían nuestra calidad de vida?

¿Cómo es posible que el ambiente tenga efectos tan dramáticos en los seres humanos? Para responder esa pregunta tenemos que empezar por reconocer la naturaleza orgánica, mamífera y mortal, entendiendo que somos el producto de miles de años de evolución en contacto con otros organismos. En cambio, el plástico, las máquinas y la tecnología llevan menos del 1% de nuestra historia evolutiva conviviendo con nosotros.

Con esto en mente, hoy más que nunca necesitamos ciudades y ciudadanos biofílicos, dispuestos a convivir con los elementos naturales a su alrededor, conscientes de los beneficios que los ecosistemas nos otorgan, enamorados de la naturaleza, que comprendan que la conservación de las especies en muchas ocasiones requiere más del respeto por la naturaleza que de su rescate. No se trata de ir por el mundo abrazando árboles y defendiendo hasta al más pequeño de los insectos, sino de entender que somos parte del sistema y en la medida que lo destruyamos, nos destruimos nosotros mismos.

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* Cristina Ayala Azcárraga es estudiante de doctorado en el Posgrado de Ciencias de la Sostenibilidad de la UNAM y parte del Laboratorio de Restauración Ecológica de la misma universidad.

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